Domingo 28 de Mayo 2017 en San Juan, Argentina - Edición N° 2060

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La Corte ya no será la misma (¿la justicia tampoco?)

Sólo se cambió el 20% de la composición: 1 de 5 miembros. El clima de la asunción marca un quiebre de clima, de la pasividad al activismo. ¿Alcanza para celebrar?. Por Sebastián Saharrea.

Se escuchó a varios supremos comentar por lo bajo –y no tanto- que con la llegada de Guillermo De Sanctis a la Corte, ahora habrá "que ponerse a trabajar”.

Extraña fórmula para un recambio apenas parcial en los números, uno de cinco, pero contundente en su significado. No llega a cuerpo colegiado un integrante mucho más joven que los actuales integrantes, incluso De Sanctis con sus 67 años es contemporáneos de varios de sus ahora compañeros. Todos ellos, De Sanctis incluido, en condiciones de pedir el retiro.

Pero no, no fue un recambio generacional lo que operó en la Corte el último día del año pasado.  Sí fue un cambio notorio de modales y, sobre todo, de predisposición. El gran mérito de De Sanctis para llegar a la Corte fue haber desatado un vendaval con su llegada a la Fiscalía de Estado en tiempos en que el organismo encargado de defender el patrimonio provincial era tierra arrasada por la vista gorda.

Esa misma actitud en el muñequeo contra las agachadas habrá sido lo que privilegiaron los diputados que levantaron la mano en favor del entonces fiscal, en un concurso que había dejado mucha tela para cortar. Primero por la gran cantidad de interesados en la vacante histórica que se abrió por primera vez en 20 años, luego por el libre flujo de intereses desatados puertas adentro y puertas afuera de Tribunal para conocer la identidad del ingresante.

Y con ello, su significado: no era lo mismo la irrupción de un académico de escritorio –franja que tuvo a varios postulantes entre los 40 iniciales-, a que lo hiciera un letrado litigante, o que lo hiciera un cuadro político como De Sanctis, a quien además resultaba difícil seguirle el tranco en materia de antecedentes y foja de servicios.

Fue finalmente De Sanctis, luego de un par de contraindicaciones que traía en el envase. Una, el hecho de desvestir un santo para vestir el otro, algo que esta columna ya trajo al análisis y volverá a hacerlo. Otra, que apareciera alguna garantía de que se mantendría firme en el caso de que surgiera alguna polvareda como la de su fallida designación como ministro de Educación por parte de José Luis Gioja en 2005, caída luego de una furiosa andanada de zapateos de Ana María López de Herrera, lo que le costó un juicio que perdió.

Fue De Sanctis, y abre una bisagra en la historia reciente de la Corte. Que no se caracteriza por su actividad intensa, ni siquiera por la calidad técnica de sus fallos. Desde hace un tiempo viene barrenando arriba de la ola del descontrol en el servicio, delega sistemáticamente sus resoluciones en sus secretarías y ni siquiera administra el servicio en sus decisiones cotidianas como personal, espacio, rotaciones, etc.

Por ese motivo fue presa fácil del clásico secretario administrativo Luis Recio, quien apenas los miraba de reojo para hacerse sentir: conocía cada rincón, cada decisión controvertida. Hoy mismo, quien pretenda conocer alguna data valiosa de la administración deberá acudir al sucesor de Recio, Javier Vera. Que es administrativo, lo dice la palabra. De allí al extremo de que todas las resoluciones las tome un funcionario y no el cuerpo, kilómetros de distancia.

Para muestra, un botón. Se pasaron no menos de 5 años sacando cálculos del edificio de enfrente, el 9 de julio, para mudar juzgados y dependencias. Estudios y contraestudios, años por no decir décadas de palabrerío suelto. Hasta que ahora parece que el destino será un edificio nuevo en la Ex Cavic.

Ese estado de indiferencia del máximo tribunal de justicia de la provincia hacia el normal funcionamiento del servicio, se trasladó también a la dinámica de las causas. Se tradujo en un menguado interés por activar el ritmo, no sólo en los grandes escándalos como el de las expropiaciones sino también en los expedientes de alto impacto en la sociedad. Y como hubiese sido injusto focalizar sólo en esas causas de alta exposición, la malaria en los tiempos y en los procedimientos alcanzó y alcanza al abanico completo de lo que se sustancia en el palacio de calle Rivadavia.

Hacía falta acción, un cambio de signo que pudiera emitir señales hacia abajo. El peso específico de De Sancits lo ponía en blanco sobre negro los comentarios de la previa: que si llegaba a la Corte sacudiría la modorra, cambiaría de marcha. Y llegó nomás.

Las medias palabras en la intimidad de los ahora colegas del nuevo cortista despiertan reacciones de varios tonos y colores. Lo primero, eso que en lenguaje jurídico señala que a confesión de parte, relevo de prueba: son los propios involucrados los que admiten elípticamente enfatizando que ahora hay que ponerse a trabajar, es decir que previamente no lo estaban haciendo de una manera notoria. Que fuera visible o contagiosa.

Si se propusiera uno ser optimista, sale rápido el entusiasmo porque ese clima de pesadumbre institucional transmitido por la Corte aguas abajo del servicio de justicia ahora comenzará a cambiar. Pero hay también espacio para el fastidio: por qué misteriosa razón ese paquidérmico carácter de la cúspide de la justicia local se convirtió en uso y costumbre.

Por qué también esa falta de compromiso con la eficiencia fue más la regla que la excepción, contabilizando también que habitan en el mismo palacio magistrados de perfomance impecable y pasión por su trabajo. Una posible explicación es la de la mecánica habitual de las cosas: los ejemplos y los liderazgos se ejercen desde arriba hacia abajo y no al revés. No hará una huella el magistrado de primera instancia que se movilice por un expediente, como sí lo hará si ese espejo proviene de la jerarquía.

Se abre ahora el espacio para conocer si eso funciona así. Si un cambio en la mecánica y en la velocidad de los altos mandos judiciales impacta también en los juzgados de paz hasta del último departamento. En la larga lista de déficits del sistema judicial, habrá que ir ordenando por prioridad, todos los fueros y jurisdicciones tienen su propia cuenta inconclusa.

Reflejos de la parsimonia, más que de la falta de recursos. En cada reunión de los cortistas y cada contacto con la realidad exterior a las paredes que habitan (que son escasas y hay casos de magistrados que nunca hablaron en on con la prensa), no se cansan de subrayar lo suculentos que vienen los ahorros que conserva la Corte.

Insólito, como si se tratara de un banco o una empresa que debe presentar balances, y no de un servicio que luce un aspecto lamentable. Pero con la caja fuerte llena.
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